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lunes, 13 de febrero de 2012

La soledad del inca contada en una leyenda preciosa



 Lágrimas en la montaña (leyenda peruana)

"La ciencia nos explica  a su manera los orígenes de las cosas; pero los poetas las entienden de otro modo. Puede que anden errados; pero como no poseemos nunca la verdad absoluta, ¿por qué no creer lo más bonito? Vamos a narrar el nacimiento legendario de unas ricas minas del Perú. 

Hace cuatro siglos y medio regía una de las provincias del poderoso imperio de los Incas un curaca (noble gobernador) que tenía un hijo apuesto y soñador. Vivieron felices hasta que llegaron unos extraños viracochas (señores) blancos que corrían a cuatro patas (caballos) y luchaban con bastones de trueno (los arcabuses). En poco tiempo destruyeron la nación de los Hijos del Sol y el padre cayó como un bravo en la lucha.


El hijo no tuvo esa suerte. Vagó con su vieja por montes y praderas.Cuando ella murió, quedó terriblemente solo. Trabajó en las minas bajo la férula de un capataz, y luego lo enviaron como pastor a la pampa. Allí pasaron sus años, en el destierro lejano de una naturaleza solemne. Casi nunca veía a ningún humano, y cuando así ocurría no le hablaba. Era el indio melancólico, que encerraba en su silencio la trágica pesadumbre de una raza.


Regresaba por la tarde con el ganado, tan cansino y lento como a la partida. Tomaba apenas un bocado y se dejaba caer derrumbado en cualquier rincón del aprisco. No tenía flores en su vida ni esperanza en su pecho. (hacer click abajo en leer más para seguir viendo este artículo)


Un dia sintió pasos tras de sí y un vaho caliente junto a su rostro. Lo volvió con desgana y vio una llama pequeña y blanca. La llama es el animal imprescindible de los Andes; significa para el indio lo que el camello para el árabe. La acarició y la llamita se quedó a vivir con él. 

No fue un animal más del rebaño, sino una compañera cariñosa. Tan callada y triste, tan sola como él. Ambos pasaban el día tumbados en la hierba, siguiendo el rodar de las nubes sobre la pradera infinita. Por las noches juntaban la tibieza de sus cuerpos; se miraban, y se comprendían. 


Una noche estaba sentando el indio en la pampa. Miraba la luna, lejos del mundo, cuando notó que no estaba a la vera su llamita. Fustigado por un presentimiento, gritó, corrió, escaló el cerro. En su ladera tropezó con su amiga. Encendió un fuego y se quedó a su lado. Pasaron horas cortadas por las ráfagas heladas del viento pampero. La montaña tembló una y otra vez. Las luces del alba vieron el fuego apagado, el animal inmóvil, el indio estático y serio como las momias de sus antepasados acurrucadas en las huacas. 


El temblor de la montaña dejó escapar unas gotas líquidas, que ahora estaban duras y brillantes: eran de plata. El cerro había llorado la soledad del inca.  Los españoles le llamaron Potosí".

Leyenda peruana, extraida del libro titulado "Leyendas Universales" Tomo I  selección de Alberto Briceño Polo 1998


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