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sábado, 24 de marzo de 2012

El hombre en las selvas sudamericanas

Artículo y fotos extraído de la obra enciclopédica La Aventura de la Vida.

Estos pequeños poblados son construidos con materiales elementales que proporciona el medio, y con frecuencia son palafíticos, en razón de las súbitas crecidas de los ríos

 En la actualidad se calcula que la población indígena del área se eleva a unos dos millones de individuos, pero es difícil hacer un cálculo exacto por los problemas que presenta la región para realizar un censo fiable  y porque, a pesar de la penetración de la civilización, que ha perseguido sin descanso las riquezas del caucho, maderas, pieles de animales y últimamente el petróleo, la gran cuenca amazónica conserva  todavía muchas zonas inaccesibles que mantienen su misterio y su valor de reserva natural de primera importancia.Es necesario aclarar, sin embargo, que a parte del daño que han sufrido muchas áreas del ecosistema frente al embate de la ambición del llamado hombre civilizado, la peor parte la han llevado invariablemente los grupos indígenas, entre los cuales han tenido lugar  verdaderos genocidios, con la desaparición de tribus enteras.


Los cunas son indígenas que viven en la isla de San Blas, perteneciente a Panamá. Establecen sus poblados a la orilla del mar y son pescadores, pero sobre todo grandes artesanos que dominan el tejido, la cerámica y la confección de collares, pulseras y otros elementos de adorno.

Los indígenas de las selvas sudamericanas se establecieron en el área amazónica hace muchos miles de años. En ella desarrollaron diversas formas de cultura que, sin embargo, poseen muchos rasgos comunes. Uno de ellos es el adorno corporal, que en forma de pintura, tatuaje, peinado, etc., indica jerarquía, posición social o simplemente afán de embellecerse.




Indios colorado del Ecuador es un ejemplo típico que combina la pintura facial con un complicado peinado




Estas mujeres indígenas y en especial las dos cunas que se encuentran frente a sus viviendas, muestran con verdadero despliegue su apego a las formas tradicionales de vestir de sus pueblos, y sobre todo su atracción hacia los colores vivos combinados en diseños enormemente imaginativos.


Los nambicuaras

Los nambicuaras están considerados  como uno de los grupos indígenas de cultura más primitiva de Brasil. Algunos de ellos siguen siendo en la actualidad predominantemente cazadores-recolectores que llevan un tipo de vida que difiere poco, sin duda, de la de los primeros habitantes de la zona. (hacer click abajo en leer más para seguir leyendo este artículo)


Lamentablemente, como ha sucedido con varias otras tribus selváticas, su número ha descendido de forma alarmante. En 1907 se contaban unos 20.000 individuos y en la actualidad no quedan más de 500. El impacto de las enfermedades importadas por el hombre blanco, como la viruela, la gripe y otras, aunado al acoso constante  por parte de terratenientes, mineros, madereros y ganaderos, ha causado entre los nambicuaras estragos que revisten con frecuencia características de auténtico genocidio.

Este pueblo vivía originariamente en las zonas de transición de las sabanas arbustivas del Matto Grosso y las selvas lluviosas amazónicas. Pero el desplazamiento  forzoso impuesto por la "civilización" ha empujado a los últimos grupos a refugiarse en los bosques tropicales de los alrededores de Guaporé.

Algunos de ellos, aparte de seguir cazando y recolectando frutos silvestres, han adoptado la agricultura de maíz y mandioca, y otros tienen incluso algún ganado vacuno.

Los nambicuaras han conservado distintos ritos de su antiguo ceremonial. Una de esas ceremonias es la que se relaciona con una especie de hermandad masculina de tocadores de flauta. Las flautas, confeccionadas con cañas de bambú, son consideradas sagradas. Pertenecen la mayor parte del tiempo guardadas, envueltas en una piel de animal, en una cabaña especial. Un guardián- el chamán u otro individuo destacado del grupo- es responsable de su buen mantenimiento y cuidado y quien las distribuye a los tocadores en las oportunidades en las que se celebran los ritos y ceremonias. Durante éstos sólo participan los tocadores, siempre hombres, mientras las mujeres deben permanecer en sus cabañas, bajo pena de severos castigos.

Estas ceremonias, según las leyendas de los nambicuaras, tienen un antiquísimo origen, y se explican porque en el pasado las flautas sagradas, de gran poder mágico, estaban en manos de las mujeres, y gracias a ello éstas gobernaban sobre los hombres y el grupo en general. Pero, en una oportunidad, los hombres lograron hacerse con ellas, y de esta forma el poder cambió de manos.


Los hombres de la Amazonia

El transporte en las regiones sudamericanas apartadas de la civilización se realiza por los ríos y la inmensa mayoría de los grupos indígenas  utilizan la canoa. En esta foto vemos a un indio del río Salado, en Paraguay que viaja en canoa construida a partir de un tronco de árbol ahuecado: una de las embarcaciones más antiguas de la historia de la navegación



Generalmente habitan en las proximidades de los rios sobre altos barrancos o en viviendas construidas sobre pilares que los protegen de las grandes crecidas e inundaciones Algunas aldeas son multifamiliares, y en estos casos tienen un jefe hereditario con poderes limitados o compartidos con el chamán o brujo.

Las actividades religiosas se concentran en la figura del chamán, quien además de conocer, organizar y dirigir los ritos y ceremonias tribales, posee las funciones de médico curandero y de mago, que a través de sus poderes mágicos, puede pronosticar las buenas y malas circunstancias que el futuro inmediato le depara a su grupo o a alguno de sus componentes.


El ceremonial de las festividades de los indios amazónicos es complicado y en muchos casos poco conocido y comprendido por los occidentales. En esta fotografía vemos un grupo formado por indígenas yaguas realizando una de sus danzas rituales.


Los indígenas amazónicos están repartidos en unas 250 tribus pertenecientes a diversas familias étnicas como los caribes, arawaks, yanomamos, jíbaros, yaguas, tucanos, macus, campas, nambicuaras, kayapós, ikurinas y varios otros. Estos pueblos comparten unos patrones culturales generales comunes y pertenecen lingüísticamente a unas 40 familias subdivididas en multitud de dialectos.

Utilizan armas como el arco y la cerbatana, a veces la lanza, y venenos poderosos como el curare; y aunque los rasgos físicos generales difieran de una familia étnica a la otra, comparten una absoluta carencia del sentido del pudor hacia la desnudez, tal y como los occidentales hemos entendido el pudor. A cambio de ello, demuestran una asombrosa inclinación hacia el adorno corporal personal.


 Los indios yaguas forman una numerosa tribu que vive en el alto Amazonas en zonas cercanas a la frontera entre Perú y Brasil. El hombre y la mujer que aquí aparecen ostentan los típicos adornos de rafia, una de sus artesanías más significativas.

Indio yagua ataviado con un complicado tocado de rafia entrelazado con su propio pelo

Los krahos, grandes corredores

Tradicionalmente  los krahos han sido cazadores  que se han mantenido de la captura de monos, venados, osos hormigueros y pécaris. Pero en la actualidad la escasez de animales salvajes ha llevado a muchos de ellos a adoptar la agricultura de mandioca. maíz y batatas.

Sus aldeas son realmente originales, ya que se establecen en claros amplios abiertos en la jungla y tienen la forma de una gran rueda de carro, en cuyo centro se encuentra la plaza ceremonial de la que salen senderos rectos como radios, hacia un gran círculo exterior que forma una avenida. Las cabañas familiares se encuentran en los bordes de esta avenida y a cada una llega uno de los senderos que parte de la plaza.

Su sistema social es comunitario, no aceptan la propiedad privada, y todas las familias de un poblado comparten por igual los productos derivados de la caza, la pesca o la agricultura.

La mayor fiesta kraho se realiza cada diez años aproximadamente. Se trata del piegré, una serie de ceremonias dedicadas al sol y a la luna y a las que asisten todas las familias de las aldeas vecinas. Tal vez lo más interesante de estas ceremonias no sean los bailes, sino un antiguo deporte que practican los hombres, repartidos en equipos representativos de cada aldea.

Se trata de una difícil carrera, en la que cada día de las festividades participan dos equipos Se realiza durante la mañana y cada equipo debe alejarse del poblado unos dos kilometros hasta un lugar donde cada uno corta un tronco de una especie de palmera llamada burtí, de un peso que varía entre los 10 y 90 kilogramos, según la edad de los participantes. Al comenzar la carrera, un hombre de cada equipo debe cargar el tronco sobre sus hombros y comenzar a correr a toda velocidad en dirección al poblado. La competición finaliza después de dar dos vueltas completas a la gran avenida circular que forma la rueda del poblado.

Según las tradiciones y mitos que los krahos han heredado de sus antepasados, esta carrera simboliza los moviemientos del sol y la luna, por quienes sienten una respetuosa veneración, ya que se supone que el pueblo kraho es el hijo de los astros y éstos le han transmitido y enseñado la ceremonia.


Temibles jíbaros




En los confines occidentales del área amazónica, donde los Andes pierden altura y se rinden a la espesura verde de la cuenca selvática, en las cercanías de las conflictivas fronteras de Ecuador y Perú, se extiende el amplio territorio de la familia étnica de los jíbaros.

Su nombre es famoso y se frecuentemente se le asocia con ferocidad y sadismo. Menos conocidos son los nombres de las cuatro tribus que componen la familia: aguaruna, huambisa, achual y candoshi.

Estos indígenas cazadores, recolectores, pescadores y agricultores de mandioca viven, como muchos otros indios amazónicos, en aldeas pequeñas, formadas por cinco o seis cabañas de troncos de palmera de pona, de planta elíptica y de techo cónico de hojas de la misma palma. Asentados en las cercanías de las corrientes de agua, en cuyas orillas se varan las largas canoas confeccionadas a partir de un tronco único, ahuecado con fuego y a fuerza de machete, los jíbaros viven en grupos clánicos que reúnen a varias familias emparentadas entre sí.

Los chuan, como se llaman a sí mismo los jíbaros, son cerca de 15.000 individuos que utilizan como armas la cerbatana, la lanza corta de madera de pona y el cuchillo de concha. Los dardos de sus cerbatanas son varitas calibradas con una bola de algodón silvestre y en en el extremo puntiagudo envenenado con curare. Con ellos cazan monos, aves y diversos mamíferos pequeños.

Las lanzas se utilizan para la caza mayor, incluyendo la del jaguar, y también para una actividad que ha hecho tristemente célebres a los jibaros: la caza de seres humanos, culminada con la posterior reducción de sus cabezas, alrededor de la cual se han inventado toda clase de historias. Esta extraña práctica  no ha sido exclusiva de los jíbaros, y por lo tanto propia de una etnia selvática fácilmente tachada de salvaje.
 Existen evidencias de que, dada la cercanía del territorio jíbaro al área andina, varias culturas preincaicas y los mismos incas trataron de penetrar ese dominio mucho antes de la llegada de los europeos. Los jibaros no se dejaron conquistar , y su territorio y su cultura permanecieron intactos.

No obstante parece haber existido un intercambio de prácticas guerreras, porque a la vez que conocemos los ejemplares de cabezas reducidas por los jíbaros encontramos también en numerosos tejidos, esculturas de piedra, bajorrelieves y cerámicas de civilizaciones andinas representaciones de guerreros portando cabezas humanas reducidas a modo de trofeo.

Hay que decir que los jíbaros son en general hospitalarios y alegres con el extranjero  que llega con buenas intenciones  y dispuesto a compartir sus modos de vida.

El fenómeno guerrero entre las tribus amazónicas no implica ambiciones territoriales. El fondo real de estos conflictos intertribales ha revestido casi siempre connotaciones mágicas, sobrenaturales, manifestadas con mucho temor, que han originado desde tiempo inmemoriales espirales o círculos viciosos de venganzas violentas  muy difíciles de evitar por mentalidades alimentadas por un profundo animismo.

En el caso de los jíbaros es muy representativo de esto y para explicarlo pondremos un ejemplo que no por hipotético dejará de haberse repetido muchas veces a lo largo de la historia de este grupo.


En un determinado clan de la tribu aguaruna muere un joven a pesar de todos los esfuerzos del chamán. Tanto éste como sus compañeros del grupo se convencen de que alguien de otro clan es el culpable, el enemigo que embrujó al muchacho, y en consecuencia debe pagarlo. El chamán realiza entonces sus prácticas adivinatorias y designa al supuesto culpable de un clan de huambisas y segura víctima de la venganza. Se elige un "vengador", finalmente el infeliz "culpable" cae en una emboscada y los expedicionarios vuelven con su cabeza a la aldea. Los matadores se encierran entonces en una cabaña designada al efecto, en compañía del chamán, quien los acompañará y realizará durante varios días el proceso de reducción de la cabeza del enemigo.

La cabeza es desollada, el cráneo se arroja al río y la piel es tratada inmediatamente. Se le cosen los párpados y la boca para evitar maldiciones y malas miradas y se le reduce de tamaño por medio de hervores y deshidratación con baños de arena caliente.

Finalmente la cabeza del responsable del mal ha quedado reducida al tamaño de una naranja. No puede ver, no puede hablar y entonces se presenta a todos los miembros del poblado, en medio de una ceremonia que con todo su ritual contribuirá al fin a eliminar el miedo y la tensión, al demostrar que el peligroso enemigo ha sido completamente anulado.

Pero el círculo no se ha cerrado, y la venganza de los aguarunas traerá consigo una revancha de los huambisas, difícil de evitar.


La suerte de los indios

Junto al río Xingú, en el corazón de Brasil viven los indios kamayurás. Este individuo está adornado para una ceremonia fúnebre llamada kwarup. Sus cabellos están teñidos de rojo con tintura de urucú y lleva pendientes de plumas de tucán, pintura facial y collar de conchas.


En las zonas selváticas sudamericanas, y sobre todo en Brasil, existen grupos indígenas que han sido perseguidos sin cuartel por la codicia de los blancos hacia sus tierras. Algunos han sido prácticamente  exterminados; otros, reducidos a un mínimo de individuos que deambulan como parias en territorios hostiles, y los menos se han ido salvando al acoso de la civilización debido a su aislamiento en las profundidades de la selva y también a su resistencia agresiva.

En 1961 los hermanos brasileños Leonardo, Orlando y Claudio Villas Boas consiguieron la concesión de 22.000 kilómetros cuadrados de terrenos selváticos en los primeros tramos del río Xingú. En esta región se creó el parque nacional Xingú, como reserva inviolable para proteger a las tribus indígenas que la habitaban e incluso dar refugio a otros grupos de zonas vecinas  que venían sufriendo una dura persecución


El jefe de los Uitotos, tribu que habita en las selvas del Perú, muestra su alta jerarquía adornando su cabeza como un tocado de plumas de loro insertadas a modo de corona, en una cinta tejida con fibras vegetales



Los uiototos no han abandonado la caza, a pesar de ser agricultores. En esta foto y en la de abajo los hombres ejecutan una danza ceremonial, que como la mayoría tiene un carácter propiciatorio.




 Los Wauras

Sus componentes viven en las cercanías del río, dentro de los límites del parque nacional Xingú, y se establecen en poblados compuestos por viviendas  de planta elíptica y techo semicónico, de carácter multifamiliar. Su economía de subsistencia  depende de la pesca, de la caza y de la recolección y plantación de mandioca y taro, productos muy importantes dentro de su dieta.

Los hombres dedican muchas horas del día a la pesca, para la cual utilizan grandes cestas tejidas con fibras de caña, que en formas de embudo, sumergen en la corriente a modo de trampas.Por las noches, todos los miembros masculinos de la tribu se reúnen en el centro de la plaza del poblado alrededor  de una hoguera, y presedidos por su jefe, mientras fuman largos cigarros liados con una sola hoja de tabaco, comentan la jornada y planifican la siguiente.




Por su parte, las mujeres wauras desarrollan una serie de actividades que númericamente superan las de los hombres: porque además de ocuparse del cuidado de los niños, de la recolección de leña, de la preparación de las comidas, del tejido de hamacas y de la confección de piezas de alfarería, durante la estación seca pasan la mayor parte del día dedicadas a preparar la mandioca. Y es que este típico tubérculo americano, de gran poder nutritivo, exige una serie de manipulaciones antes de ser consumido, debido a que el zumo de la pulpa de esta raíz tiene una alta concentración de ácido prúsico, sumamente tóxico. Esta tarea se divide entre dos o más mujeres, y asi, mientras  una pela las mandiocas, otra las frota sobre una olla grande de cerámica cubierta  por una especie de colador de tejido de palma, dejando sobre éste un picadillo de pulpa mientras el jugo cae en el recipiente.Para eliminar completamente el tóxico, se echa sobre la pasta agua caliente, y una vez lavada se forma con ella una masa con la que se elaboran diferentes tipos de tortas  muy apreciadas por sus consumidores.

La alfarería de las mujeres wauras es de gran calidad, especialmente los cacharros para preparar mandioca, fabricados sin torno y decorado con dibujos exteriores zoomorfos y geométricos pintados con colores rojo, negro y blanco.


Tal vez una de sus ceremonias más llamativas y evocativas para ellos sea la llamada Jamarikumá. Es interpretada exclusivamente por mujeres, quienes, completamente desnudas, pero con sus cuerpos profusamente decorados con pinturas y espectaculares tocados de plumas, realizan una serie de danzas y cánticos; los hombres sólo participan como simples espectadores pasivos. El significado de todo ello, interpretado con mucha mímica y gesticulación, es la representación del famoso mito de las amazonas, llamadas por los wauras jamarikumá, y que, según su antigua tradición local, surgió en un grupo de mujeres de una tribu a la que decidieron abandonar para dedicarse  a llevar una vida guerrera e independiente, prescindiendo de los hombres, a los que raptaban periódicamente con el único fin de mantener y aumentar su población femenina.


Los yanomamos



Como los jíbaros, los yanomamos o waicas son una de las pocas tribus que mantienen una considerable independencia, gracias a la cual conservan su cultura en un estado de pureza que muy pocas etnias disfrutan en la actualidad.

En número de unos 10.000 individuos, los waicas viven en poblados desperdigados en una extensión del "infierno verde" de unos 110.000 kilómetros cuadrados, que abarca regiones selváticas limítrofes entre Venezuela y Brasil, cercanas a los afluentes del rio Orinoco.

Cada poblado yanomamo constituye un grupo tribal cerrado que mantiene con otros relaciones sumamente conflictivas, que van desde la enemistad total a alianzas frágiles y temporales que enfrentan a dos o más contra unos y otros.


Esta característica guerrera es tan notable enre los yanomamos, que condiciona y marca gran parte de sus actividades y de muchísimos rasgos  de su cultura. Los poblados son un ejemplo tipico de ello en lo que se refiere a su emplazamiento, su construcción y su forma peculiar. Llamados shabonos en su lengua local, se construyen en un amplio claro abierto en la selva, dejando al mismo tiempo espacios suficientes alrededor para las plantaciones de mandioca, plátano y algodón. La impresión externa es la de una sola y enorme cabaña de planta circular o elíptica. Las paredes son de entramado de varas con hojas de palmera entretejidas, que afirmadas en el suelo, se inclinan hacia adentro de manera que forman al mismo tiempo una techumbre sostenida con puntales de madera a manera de cobertizo interior. Este cobertizo alberga cada varios metros una vivienda familiar sin limites demasiado preciso con los contiguos, y todo el centro del gran
recinto, abierto al cielo, constituye la plaza central, de gran importancia en la vida comunitaria. Las entradas y salidas del poblado, a modo de puerta, conducen a las plantaciones y a los senderos de la selva.

Shabono


Un shabono dura como máximo unos dos años, de manera que, debido a esa característica efímera comun a todas las viviendas de la selva tropical y el rápido agotamiento de las tierras de cultivo, se hace necesario construir otro, cuidando de que no se encuentre a menos de dos días de camino del vecino. El promedio de habitantes  de cada uno de estos poblados es de unos 150 porque, como los mismos yanomamos reconocen de sí mismos, si fueran menos no podrían tener  suficiente capacidad de defensa contra sus enemigos, y si fueran más surgirían con tremenda facilidad fuertes disputas internas.

Como sucede con los jíbaros, este grupo indígena vive inmerso en una cultura cuya tradición más intensa está arraigada en las agresiones derivadas de interminables espirales de venganzas y ofensas. De ahí el carácter defensivo de sus shabonos y esa especie de numerus clausus que ellos mismos se imponen para la demografía de cada poblado. Son famosos los desafíos y luchas cuerpo a cuerpo, a puñetazos y a garrotazos que se establecen entre miembros de un mismo shabono, lo que al parecer da reputación y jerarquía a los contendientes y redirige y controla, en cierta forma ritualizada como competición o deporte, las agresividades. Los jefes yanomamos llegan a serlo por su valor en estos combates y por su reputación de buenos guerreros en las luchas contra sus enemigos, sin descontar su sabiduría y astucia.

Yanomamos ataviados con sus típicos adornos, a la espera de un grupo vecino que ha de visitarlos.


Los yanomamos son hijos de la sangre de la luna que, al ser herida por una flecha lanzada por los "primeros seres", cayó sobre la tierra. A partir de ese mito primigenio, la vida de estos indígenas gira alrededor de un fuerte animismo que puebla su mundo de multitud de espíritus que llaman hekuras, y entre los cuales se encuentran elementos maléficos y benéficos que en determinadas ocasiones son invocados a través de los efectos de drogas alucinógenas llamadas ebena. Cuando las invocaciones consiguen su objetivo, el hekura penetra en el cuerpo y en el corazón del invocante  y a través de él se manifiesta con cánticos que hablan de tucanes, de jaguares y de otros animales representativos de su mundo selvático. El espiritu del jaguar, por ejemplo, es tan importante y tan temido como lo fue el felino en general para muchos pueblos andinos; porque se trata de un depredador y, al igual ue los hombres, puede matar a otros hombres: es el rey de la selva.

Un yanomamo enciende fuego mediante uno de los sistemas más antiguos inventados por el hombre.


Los encuentros entre indígenas de este grupo son encuentros llenos de tensión, porque detrás existe todo un mundo de resentimientos, de rencores, de temores y sospechas. Pero esa tensión lógica no evita que, por encima de todo, surja la intención y la voluntad de establecer una alianza, un pacto de paz.

Muchos de estos encuentros se realizan a principios del año, cuando los frutos de la palmera pijiguao están a punto. Entonces los yanomamos celebran una serie de fiestas y aprovechan para establecer las alianzas entre un pueblo y otro; por una parte, porque el fruto de esa palmera constituye uno de sus manjares predilectos y, por otra, porque su recolección y consumo constituye una buena ocasión para invitar a otros vecinos y conseguir a través de ello la necesaria alianza que soluciones problemas de agresión latentes y evite próximos conflictos.

Los yanomamos son excelentes diplomáticos en cuanto a programar estos encuentros, de manera que, cuando se establece de antemano uno de ellos, los visitantes son esperados por un grupo seleccionado a la distancia de un día de la aldea de los anfitriones.

Las mujeres yanomamos, como los hombres, no escatiman esfuerzos en su decoración y adorno corporal, costumbre que practican especialmente cuando tienen visitantes.

Cuando esto sucede, comienza todo el ceremonial, que contiene en el mismo una serie de ambigüedades que pueden terminar tanto en una traicionera emboscada como en un recibimiento cordial y amistoso. Pero supongamos  que el caso que nos ocupa sea del último tipo mencionado. Es entonces cuando comienza el complicado ceremonial de los yanomamos en buscan la paz.

Los huéspedes, pues, son esperados a un día de camino de la aldea anfitriona por un grupo especialmente seleccionado al efecto, que los acompañará hasta las cercanías del poblado. Antes de llegar a éste, los "invitados" son agasajados con una comida consistente en carne de mono, aves, caimán y frutos de pijiguao cocidos. Al mismo tiempo, los visitantes se acicalan pintándose el cuerpo y arreglando sus adornos de plumas para entrar en el poblado con el máximo despliegue de sus galas personales.


Los yanomamos tienen una especial atención hacia los niños. Los pequeños son integrados a su sociedad, participando en casi todas las actividades de los adultos.


Finalmente hacen su entrada en el shabono, uno por uno, los hombres primero, y se agrupan en el centro de la plaza con sus arcos y sus flechas en posición vertical, indicando sus intenciones pacíficas. Alrededor de la plaza están los guerreros anfitriones y comienzan los saludos de rigor, con grandes gritos. Entonces los recién llegados inician una danza que va subiendo poco a poco en intensidad y que es un despliegue de energía y arrogancia al mismo tiempo.En ocasiones, los danzantes hacen ademanes agresivos con sus armas y lanzan gritos guerreros. Pero muchos llevan en una mano grandes hojas de palma, y esto, junto con la presencia de niños que también bailan, demuestra que no existen motivaciones verdaderamente agresivas.



Poco más tarde los recién llegados son invitados a descansar en hamacas bajo los techos del shabono y la danza se repite por parte de los habitantes de éste, hasta que una vez terminada se reúnen todos para iniciar un lamento por los muertos de uno y otro bando. Lloran, cantan y giran alrededor de la plaza, hasta que llegada la noche realizan una nueva reunión, esta vez de hombres solos que, comenzando por los jefes respectivos, cantan sus razones hasta llegar a una alianza pacífica, se alaban mutuamente con largas frases de cortesía y admiración y se prometen multitud de regalos, muchos de los cuales se hacen efectivos en el momento. Y así intercambian machetes, perros, arcos y flechas, plumas, hilos de algodón, hamacas, tabaco, curare y sustancias alucinógenas. El pacto de amistad se refuerza con la ingestión de la droga ebena, que aspiran por la nariz y que los introduce en un trance que permite invocar el favor de los espíritus beneficiosos.
Construyendo una canoa



A la mañana siguiente, hombres y mujeres se reúnen todos para la ceremonia de honor de los muertos, que dirige el chamán. Mientras todos lloran y cantan, el brujo mezcla las cenizas de los muertos, conservadas en calabazas, con sopa de plátano y va pasando el brebaje a cada uno de los comensales, que de esa manera comparten el dolor y el duelo en común.

La alianza de los yanomamos ha quedado así establecida; pero, a pesar de todo el complicado ceremonial y de las buenas intenciones de ambos grupos, la paz seguirá siendo entre ellos terriblemente frágil.

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