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lunes, 16 de enero de 2012

La vida cotidiana en las praderas. Ultima parte


La tercera y última parte sobre los antiguos  habitantes de las praderas norteamericanas, de la obra enciclopédica La Aventura de la Vida cuya primera parte se titula "los primeros pobladores de la llanura (hacer click aquí para leer la primera parte)" y la segunda parte titulada "Primer encuentro entre dos mundos diferentes y la vida cotidiana en las praderas (Hacer click aquí para leer la segunda parte)". Este capitulo nos hablará de cómo era la vida cotidiana en un poblado, los quehaceres diarios para conseguir alimento, agua, vestimentas, sus rituales , la llegada del caballo, y termina por contarnos el trágico final que estos habitantes tendrían deparado. Un relato interesantísimo, muy documentado y con excelentes fotografías.

La organización social de los cazadores de las praderas era rígida y con un fuerte liderazgo que imponía una vida competitiva. Existía una división del trabajo por sexos y una distribución de obligaciones definidas hacia los parientes y el grupo.Cada tribu estaba dividida en varias subtribus o bandas que podían llegar a tener unas cien personas.
Aunque completamente independientes unas de otras, las subtribus tenían una fuerte tendencia hacía la solidaridad, hecho este que se reflejaba en los frecuentes intercambios entre ellas, principalmente por razones de matrimonio, y en la seguridad que a cada individuo le daba el sentimiento de pertenecer a un grupo tribal. Esto se expresaba claramente en las tradiciones y en las historias del pasado que los viejos solían contar o que se encontraban plasmadas, con su peculiar escritura pictográfica, sobre las pieles de búfalo.


No tenemos noticias o informaciones claras sobre posibles estados de guerra entre las tribus de cazadores del siglo XVI y anteriores. Su armamento más conocido parece haber sido destinado fundamentalmente a la caza, aunque algunos autores han mencionado la existencia y el uso de hachas y mazas de piedra, lanzas y grandes escudos, que sugieren comportamiento belicoso. Este fenómeno... (hacer click en leer más para seguir leyendo este artículo)
pudo haber tenido lugar entre tribus nómadas y sedentarias y que realmente se generalizó con la cadena de empujes y presiones de unas tribus con otras, originados en el norte y en el este con la colonización europea, que dio como resultado la invasión de las praderas por numerosos grupos que comenzaron a competir entre sí y con los que ya ocupaban el territorio de caza.

Por otra parte, y a juzgar por las tradiciones heredadas y mantenidas por los indios modernos, sus antepasados libres  de las praderas mostraban un profundo sentido de la espiritualidad, nacido de su íntima unión con una naturaleza imponente en la que se desarrollaba su vida. Las características de inmensidad, de horizontes lejanísimos e interminables, de cambios climáticos estacionales diferenciados y rigurosos, y por supuesto, el espectáculo de los miles de bisontes enormes y poderosos que se movían sobre el paisaje y que garantizaban su existencia, despertaban un sentimiento intenso y vívido sobre el significado sobrenatural de cada elemento de su hábitat.


 Fotografía Edwar Curtis

Derivado de estas percepciones trascendentales, enraizadas seguramente en la profundidad de la prehistoria, los cazadores de las praderas poseían y transmitían a su descendencia un gran sentido del rito, expresado especialmente en la danza, la música, los cantos y las ceremonias.




El retorno del caballo

Antes de que comenzara la última entrada de tribus ajenas a las praderas, sus habitantes originarios experimentaron durante el siglo XVII  un paulatino cambio de costumbres, debido a la introducción de un animal que en pocos años se convirtió en su bien más preciado y esencial: el caballo. En realidad se trataba de la reintroducción del caballo en el mundo de las grandes llanuras, aunque esta vez no como presa de caza-como lo fue para muchos cazadores paleolíticos-, sino como montura y como vehículo que revolucionaría  la vida de los nómadas pedestres. Algo más tarde llegaría otro elemento revolucionario , el arma de fuego y ambos -monturas y rifles- se complementarían de tal modo, que funcionaron como una formidable barrera para el avance de los blancos hacia el oeste y retrasaron a lo largo de casi todo el siglo pasado el inexorable y triste destino final de los indios.


 Foto de Edward Curtis

Los primeros caballos aparecieron en el escenario norteamericano con la fundación de Santa Fe, en 1609,aunque desde 1598 ya los había introducido Oñate en las colonias españolas que estableció en río Grande. Sea como fuere, Apaches y Comanches los consiguieron, convirtiéndose en jinetes pioneros de las praderas. Y poco a poco fueron aumentando su número por multiplicación y saqueo, de manera que otras tribus que llegaron más tarde desde el norte, como los shoshones y pies negros, también los fueron adquiriendo. Así se fue extendiendo la "frontera del caballo", de sur a norte, mientras las armas de fuego , por otro lado hicieron su aparición en sentido contrario, desde Canadá, ya que los españoles tenían prohibido por su gobierno vendérselas a los indígenas.

Campamento siux, según un cuadro de Alfred Miller

Los nómadas obtuvieron unas posibilidades de movilidad enormes que les facilitaron todos sus desplazamientos, al disponer de un animal de carga que sustituía con creces a sus sufridos perros, a la vez que de una montura ágil y rápida que permitía cazar el bisonte con mayor eficiencia. No era ya necesario, pues, moverse en penosísimas marchas a pie detrás de las manadas.

Conociendo como conocían las rutas y movimientos de sus presas, era fácil darles alcance con el caballo, asediar el rebaño, seleccionar animales, apartarlos y darles muerte en el número estrictamente necesario. Se evitaba con rigor el sacrificio excesivo de bisontes, que irremediablemente se producía cuando una estampida se desbarrancaba por un acantilado.
Apaches y  Comanches se convirtieron en jinetes habilísimos que pronto se dieron cuenta del poder que les otorgaban sus monturas. Su organización social se hizo más fuerte  y más rígida, con dos tipos de líderes, uno encargado de las cuestiones internas del grupo y otro, de la guerra. Porque la movilidad trajo la expansión y ésta, la invasión de territorios de otras tribus, con los consiguientes conflictos. Surgió así una belicosidad  antes desconocida, con mayor competencia por los terrenos de caza, frecuentes saqueos de poblados de tribus sedentarias, captura de esclavos y el asalto a las aldeas de colonos blancos del sur para procurarse más corceles.

Establecidas en campamentos fijos durante el invierno, de noviembre a marzo, las subtribus comenzaban a moverse en primavera, preparándose para sus campañas de caza. En cada territorio existían lugares de acampada localizables y utilizados repetidamente por sus características de protección, de provision de agua, de madera, de pastos para los caballos y de cercanía a las rutas de los rebaños itinerantes de bisontes. En esos sitios , cada subtribu acampaba por pocos días, pero al comienzo del verano sus actividades se interrumpían para realizar las ceremonias religiosas anuales, a las que acudían todas las subtribus, lo que daba lugar a grandes poblados  de cientos de tipis, Así se renovaban los lazos internos de las tribus, con los ritos de la "danza del sol", sacrificios, competiciones, juegos, carreras, intercambio de regalos y cortejos entre los jóvenes. Los jefes de cada subtribu se reunían para discutir problemas económicos, políticos y militares, y la solidaridad quedaba afirmada una vez más. Después cada grupo volvía a dispersarse en sus extensos territorios de caza.

Un consejo de jefes siux, cuadro de George Catlin

La gran invasión

En el siglo XVII, mientras los franceses penetraban cada vez más en el enorme territorio canadiense, alentados por el lucrativo comercio de las pieles de castor, los ingleses establecían desde 1607, sus colonias en la costa atlántica, al este de los montes Apalaches.Los conflictos por la ocupación de tierras comenzaron inmediatamente, y, aunque al principio los indios se defendieron de los blancos por su mejor conocimiento del territorio, poco a poco fueron derrotados por el número siempre creciente de tenaces colonos y su superioridad en armamento.

Muchas tribus fueron así desplazadas desde sus lugares de origen,y tanto desde los bosques del Canadá como desde la región de los Grandes Lagos y del este, fueron moviéndose hacia las praderas en un éxodo que desde fines del siglo XVII se extendió durante todo el XVIII.

El fenómeno se convirtió  en una cadena en la que cada eslabón era un grupo humano que empujaba al que tenía delante y era a su vez desplazado por otros que venían detrás. En consecuencia, se produjeron choques muy sangrientos entre tribus, también se hicieron tradicionales los odios, alianzas, venganzas y campañas de pillaje, que muchas veces rozaron el exterminio.

Desde 1691 en adelante,grupos pedestres de los bosques de la taiga, conocidos con el nombre de pies negros, empezaron a derivar hacia el sur, empujando a otros cazadores, como los  crees, shoshones, kutenais, flatheads y crows que ya poseían mosquetes, adquiridos  a los tramperos franceses. Esta vía de migración fue bastante violenta, debido a los choques de las tribus en movimiento y por el hecho de poseer armas de fuego, circunstancia que se agravó con la adquisición del caballo a través de los apaches y comanches. Pueblos sedentarios como los mandans, hidatsas y arikaras, se vieron rodeados por las bandas de los nuevos nómadas que llegaban del norte y que asediaban constantemente a sus poblados fortificados.



El explorador Lewis, acompañado por la india Sacajawea, encuentra a los shoshones y parlamenta con ellos en su expedición al Oeste.

En los campamentos de primavera o verano de los siux, de los pies negros o de los shoshones, la  vida cotidiana se desarrollaba de forma considerablemente distinta a como nos la ha mostrado el cine,el medio de difusión que más famosos ha hecho a los indios de las praderas, aunque generalmente de forma desafortunada. Aun así podemos describir, de acuerdo con los historiadores y etnólogos la siguiente escena:

El campamento es muy extenso:está compuesto por unos 400 o 500 tipis y aparece enormemente animado con la actividad de sus más de 1000 habitantes. Excepto en los niños, que corretean por todas partes,  se advierte la división del trabajo que caracteriza la labor de hombres y mujeres. Algunas de éstas preparan tiras de carne de búfalo, extendiéndolas al sol sobre travesaños y palos de madera. Otras, la mayoría, están dedicadas a una de sus labores más importantes: la preparación de pieles, con las que confeccionaban después las camisas, mantos, túnicas, mocasines, bolsos, cuerdas e infinidad de objetos utilitarios.


El trabajo no es sencillo e implica procesos que duran muchos días.Las pieles de bisonte están extendidas en el suelo con el pelo hacia abajo y estiradas por medio de estacas clavadas en la tierra. Después de haberlas lavado, los restos de carne y grasa que permanecen adheridos se eliminan cuidadosamente con raspadores hechos con un hueso largo cuya punta ha sido modificada con un cincel finamente dentado. Luego, durante varios días, la piel será tratada con una mezcla hervida de grasa e hígado del mismo animal, y entonces se lavará en el río para finalmente suavizarla frotándola con fuerza sobre una cuerda atada entre dos postes o árboles. Las mujeres siux y crows tiñen además las pieles, una vez preparadas, con diversos colores obtenidos de tierras distintas, y en casi todas las tribus, después de confeccionadas las prendas, las adornan con dibujos y entrelazados de púas de puercoespín.

Varias mujeres más llegan al campamento con una considerable cantidad de hierbas, semillas, raíces y cerezas silvestres, que han recolectado para complementar la dieta , que incluye básicamente carne de bisonte, pero también de ciervo, de berrendo y otros mamíferos pequeños. Durante la buena estación, preparan la carne, asada principalmente,aunque también la cuecen con trozos de hueso y tuétano. El resultado es una sopa de sabor muy fuerte. No resulta fácil para los indios conseguir sal y cuando no pueden acceder a un depósito fósil de esta sustancia o extraerla de los surtidores o géiseres salinos, sazonan su comida con cenizas y polvos obtenidos de diferentes plantas.

Un grupo de hombres preparan sus armas, arcos, flechas y mosquetes para una cacería que proyectan realizar en breve. Los varones son los encargados de proveer a la familia de caza y pieles; fabrican sus armas y adornos personales, cuidan de los caballos, protegen al grupo de las agresiones de otras tribus y atienden los consejos tribales y las fiestas y las ceremonias. La labor de hombres y mujeres sólo es común cuando se realiza una gran cacería y se requiere la ayuda de todos para el despiece y traslado de las presas.

En general se ven más mujeres que hombres en el campamento, debido a que éstos mueren  más jóvenes y en mayor número en las acciones de la caza y en las campañas guerreras. La poligamia, en consecuencia, es muy frecuente.



Al día siguiente, temprano, la partida de caza, compuesta por unos ochenta  hombres, se dirige silenciosa y con el viento a la cara al encuentro de la manada de bisontes. Algunos guerreros van a caballo y otros a pie. Cuando se encuentran a la distancia adecuada, los jinetes parten a toda velocidad hacia el rebaño. En pocos minutos apartan un número considerable de bisontes que hacen correr hacia los cazadores de a pie, que les esperan emboscados, algunos provistos de armas de fuego. Entonces comienzan todos a disparar con arcos y mosquetes, procurando que los bisontes formen un círculo que se estrecha a medida que los bóvidos se van fatigando  y cayendo bajo la lluvia de proyectiles. El "rodeo" dura aproximadamente una hora, tiempo suficiente para obtener más de cien animales. Cuando la cacería ha terminado y el polvo de la estampida todavía llena el aire, hombres y mujeres comienzan la dura tarea de despellejar y despiezar durante muchas horas. La lengua, la piel y cuatro de las mejores piezas de cada animal son propiedad del que lo ha matado; el resto se distribuye en partes iguales entre todas las familias de la tribu. La carne se corta en trozos largos y gruesos para su transporte al campamento, pero antes de abandonar los despojos a los coyotes, en el mismo lugar de la matanza se realiza un banquete para reponer fuerzas, en las que se comen los riñones, hígados, estómagos y morros. Ya de nuevo en el campamento, las mujeres preparan carne fresca durante varios dias, pero con la mayor parte elaborarán el pemmican, carne seca, molida y mezclada con diferentes frutos silvestres, que constituye la principal reserva alimentaria  para los meses del invierno. El pemmican de los siux tiene que ser el mejor, por estar preparado con piezas escogidas de los bisontes y sazonado con muchas cerezas secas, producto de recolección.

La invasión del Oeste

Este estilo de vida continuó  en los primeros años del siglo XIX. Sin embargo, pronto se vio alterado a causa de las sucesivas olas de ocupación blanca, estimuladas por el gobierno de los Estados Unidos como estrategia de su impulso expansionista hacia el oeste

La primera expedición, dirigida por los militares Meriwether Lewis y William Clark, tuvo lugar en 1804. Al parecer la expedición no tuvo mayores problemas con las tribus que encontraron por el camino y a las que se presentaban como delegados pacíficos del "Gran Padre Blanco". Sus informes sobre las riquezas que habían visto desencadenaron la corriente de emigrantes cargados de ambiciones. Primero fueron los tramperos, cazadores y comerciantes de pieles de castor; hombres  rudos, aventureros violentos y analfabetos, la mayoría de los cuales terminaban sus días  en la montaña sin llegar a hacer la fortuna con la que habían soñado. Los indios vieron con recelo esta intromisión en sus tierras de hombres con pocos escrúpulos. Hacia 1830 comenzó la decadencia  del comercio de pieles. Pero el gobierno norteamericano, siempre dispuesto a no perder la oportunidad de extender su territorio, siguió enviando exploradores, que levantaron mapas de las praderas y señalaron los itinerarios más convenientes para viajar hasta California y Oregón. Estas rutas fueron jalonadas de fuertes que tenían como misión principal  proteger las caravanas de carromatos.

Con el descubrimiento del oro californiano en 1848, del oro de Nevada en 1858 y del oro de Idaho en 1861, la emigración se convirtió rápidamente en una verdadera invasión de miles de blancos que cruzaban las praderas o se iban instalando en ellas.



A mediados de siglo, tres tribus dominaban las grandes extensiones. En el norte, los pies negros, aliados con los sarsis y gros ventres; en el centro, los siux, que mantenían estrechas relaciones con los cheyenes, arapajos y shoshones, y en el sur, los comanches que hacían otro tanto con los apaches. La fiebre del oro y los colonos, apoyados por el ejército, promovieron la peor política que se podía haber imaginado. A las decenas de tratados y promesas hechas a los indios seguía invariablemente el incumplimiento constante, cristalizado en la expulsión sistemática y el despojo de las tierras en las que los pieles rojas se habían movido con entera libertad. De esta manera, a medida que se sucedían los enfrentamientos y las masacres, agravadas por las enfermedades importadas por los blancos, que diezmaban a las poblaciones indígenas tanto como las armas, los jinetes de la pradera se acercaban a toda velocidad hacia su ocaso.


Los siux, confinados casi totalmente en pequeños territorios de Dakota  y Iowa, viven hoy en casas como las que se ven en esta foto de la reserva de Pine Ridge, en Dakota del sur.


El golpe de gracia lo dio el tendido del ferrocarril, con su secuela de exterminio de los bisontes.
Desde 1883, el gobierno norteamericano comenzó a poner en práctica la funesta idea de confinar a las tribus indígenas en reservas que , por supuesto, eran delimitadas desde Washington y situadas en tierras que por su ínfima calidad eran desechadas por los colonos blancos. Las sublevaciones fueron numerosas, pero se contestó con una represión cada vez más fuerte. Finalmente, después del último intento siux y cheyenes por obtener una victoria sobre los blancos, la matanza de más de 300 hombres, mujeres y niños en Wounded Knee, terminó con toda resistencia en 1891.

Hoy, los antiguos indios de las praderas viven en reservas, y aunque se ha querido mejorar sus condiciones de vida, el alcoholismo y la entrega a una inercia que parece la última voluntad de desaparecer en silencio de un pueblo que fue poderoso, rechazan todo intento de ayuda por parte de quienes construyeron una nación a costa de un genocidio.



La gran pradera norteamericana ha quedado definitivamente reducida a los parques y refugios naturales, salvo los pastizales privados de los grandes ganaderos, cercados con estacadas de alambre y púas; en una gran nación industrializada ha sido sustituida por extensos cultivos, campos de petróleo y urbanizaciones. En la foto, una de las grandes avenidas de Nueva York, símbolo de las concentraciones urbanas en zonas de densa población, inhabitables incluso para el hombre, que se torna agresivo y psicópata arrancado de la naturaleza.



3 comentarios:

clantipi dijo...

muy buen analisis,es necesario el revisionismo historico de los pueblos nativos de norteamerica,icono de eco-sostenivilidad y actualmente en proceso de revision historica

indian trading post dijo...

El tipi como vivienda, fue articulo de intercambio en las praderas ,metis canadienses y comerciantes habituales en las naciones indias fabricaron con telas de vela de barco una variante, siguiendo los patrones ancestrales de las tribus que conocian .

Ese avance tecnologico ayudo a los comerciantes ,metis en su mayoria a dedicar mas tiempo a las faenas propias de su negocio ,permitiendo la especializacion .

Tras la senda de los ancestros dijo...

Saludos.
Sí, es curiosa esa adaptación que tiene el ser humano que aún conserva esa curiosidad natural y se adapta a las circunstancias para poder seguir sobreviviendo.

Gracias por tu aporte al tema.

Saludos fuertes.